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Crónica de una pandemia anunciada

La tragedia que vivimos nos enseña una vez más que uno de los enemigos más grandes de la salud pública en diversos países es el narcisismo político de los gobiernos autoritarios y dictaduras que son incapaces de reconocer cuando se equivocan.

El mundo hoy se encuentra de rodillas ante un virus que hasta el momento parece invencible y que ha cobrado miles de vidas a nivel mundial. La situación es insostenible, no solo se han perdido vidas humanas pero la economía del mundo colapsa, dejando una profunda recesión. Frente a una crisis de esta magnitud es necesario no solo contener y buscar soluciones, pero también sancionar a los responsables. No es la primera vez que una cepa de coronavirus se desarrolla y el gobierno chino opta por callar y coartar la libertad de expresión para cuidar su reputación.

En Febrero de 2003 la CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades)  daba a conocer el surgimiento de una enfermedad respiratoria viral causada por un coronavirus, de nombre, SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) el cual se originó en la provincia de Guangdong, en el sur de China. Sin embargo, no fue en febrero que el SARS se comenzó a propagar sino cuatro meses antes, en noviembre de 2002.  Las autoridades del gobierno de China tomaron el epicentro de la enfermedad, guardaron el secreto desde ese entonces y fue hasta finales de enero que clasificaron la enfermedad como una “posible epidemia”. De acuerdo a la CDC el SARS cobró la vida de 774 personas, 8,096 se contagiaron en el mundo y el brote llego a su fin a finales de julio de 2003.  

https://www.cdc.gov/about/history/sars/timeline.htm

La OMS reprendió a China y el precio de su silencio fue “algo” costoso ya que inversores restringieron viajes al continente. Los funcionarios chinos expresaron “divulgaremos la información más rápido la próxima vez”, lo cual evidentemente en diciembre  de 2019 no sucedió…

El 8 de diciembre de 2019 se registraron los primeros casos de una neumonía atípica en la ciudad de Wuhan. El número de personas con los mismos síntomas se incrementó y el 30 de diciembre el Dr. Li Wenliang alerta vía WeChat a sus amigos y colegas sobre la existencia de casos de SARS y les insta a mantenerse alejados del mercado de mariscos de Huanan, donde los pacientes contagiados dijeron haber estado previo a enfermarse.

Reportaje de la cadena CNN sobre la venta de diferentes especies de animales, algunas incluso cuya venta es ilegal.
Mercado en Wuhan con variedades de animales exóticos a la venta. La insalubridad de estos lugares ha sido señalada en reiteradas ocasiones por distintos medios.

El día 31 se reportan oficialmente los primeros casos de una neumonía viral atípica  a la OMS, sin embargo, el comunicado emitido por autoridades de Wuhan niega la transmisión de persona a persona entre los trabajadores de la salud. Las autoridades continuaban expresando que solo al tener contacto directo con los animales infectados se podía resultar contagiado.

El primero de enero la oficina de seguridad pública de Wuhan dice que “convocó y trato” a ocho personas que difundieron rumores del SARS y proceden a cerrar el mercado de mariscos. Las capturas de pantalla con el chat que advertía sobre la existencia del virus se habían hecho virales repercutiendo en el Dr. Li, quien era una de esas ocho personas convocadas y a quien el 3 de enero llamaron a una comisaría de la policía local para ser reprendido por “difundir rumores en línea” y “perturbar gravemente el orden social”.  

Los días transcurrían y las autoridades chinas comunicaban a enfermeros y doctores que no había mayor riesgo. Incluso, el 18 de enero Wuhan era anfitrión de un banquete festivo que serviría a 40,000 asistentes, a pesar de los informes de una neumonía viral contagiosa.

El 20 de enero con 291 casos confirmados el Dr. Zhong Nanshan, un funcionario de salud comunica que en efecto el virus puede transmitirse de humano a humano y el líder chino Xi Jinping ordena “esfuerzos decididos” para frenar el virus. Tan solo tres días después se ordena la cuarentena en Wuhan y ya para esa fecha los casos habían escalado a 619.  

El 03 de febrero de 2020 el Comité Permanente del Politburó, el órgano más poderoso del Partido Comunista Chino reconoció “la deficiencia en su respuesta a la epidemia”. La palabra deficiencia se queda corta con la responsabilidad que acarrea no avisar del posible desarrollo de una pandemia. Mientras el gobierno reconocía sus “fallas” de igual forma se encargaba de callar las voces que continuamente cuestionaban sus acciones, ese fue el caso de Chen Qiushi, un abogado y periodista chino que se dio a conocer por dar cobertura a las protestas que se dieron en Hong Kong y denunciar los abusos del gobierno durante la crisis de coronavirus. El 6 de febrero la policía china detuvo a Chen y al siguiente día confirmaron a sus familiares de que había sido puesto en cuarentena, sin embargo no dieron detalles de su locación y desde ese día no se ha conocido su paradero. Patrick Poon de Amnistía Internacional expresaba que “era incierto si Chen y otro periodista llamado Fang Bin, realmente habían sido arrestados o puestos en cuarentena forzada”. Ese mismo día, un 7 de febrero se confirmaba la muerte del Dr. Li Wenliang quien pasó a ser una víctima más del actual enemigo más grande la humanidad, el cual el mismo descubrió y combatió, me refiero al Covid-19. Su fallecimiento reafirmo la respuesta fallida de las autoridades durante las primeras semanas del brote de coronavirus.

El Dr. Li no solo pasara a la historia como un héroe por ser un personaje clave durante esta pandemia pero también porque ha enardecido los corazones del pueblo chino, que muestra una profunda indignación por la falta de libertad de expresión que se vive en el país y la falta de transparencia del gobierno comunista chino.

La última desaparición en dicho país se registró el 29 de marzo cuando “60 Minutes Australia” reportaba que la Dra. Ai Fen, jefa de emergencias del hospital central de Wuhan había desaparecido justo dos semanas después de haberles concedido una entrevista en la que dijo que las autoridades habían impedido que ella y sus colegas advirtieran al mundo de la enfermedad.

La historia se repetía, mismo patrón, mismos actores y cientos de fallecidos, con un proceso similar de negación y reconocimiento tardío.

Es imprescindible resaltar que el denunciar la responsabilidad del régimen dictatorial no debe hacerse extensivo  a los ciudadanos chinos ya que daría paso a posturas racistas. No se puede confundir un pueblo neutralizado en su libertad de expresión, con la brutal coacción y represión de un poder político gubernamental obsesionado con querer tener control de todo en una  nación. La tragedia que vivimos nos enseña una vez más que uno de los enemigos más grandes de la salud pública en diversos países es el narcisismo político de los gobiernos autoritarios y dictaduras que son incapaces de reconocer cuando se equivocan. Gobiernos que malversan fondos y  roban el derecho a la salud de los ciudadanos. Así mismo, esta crisis nos recuerda que la censura en un país es sinónimo de injusticia y muerte, que bajo ninguna circunstancia ningún  gobierno ni de derecha ni de izquierda debe de limitar la información y el derecho a los ciudadanos de expresarse.

Las exigencias por parte de la comunidad internacional a la dictadura china deben de ser implacables, se debe exigir mayor flujo de información con absoluta transparencia, democracia y mayor control sanitario de los mercados de alimentos. Debemos mostrar que la solidaridad todavía es parte de nuestra agenda y enfrentar a quienes cometen crímenes de lesa humanidad disfrazados de “deficiencias” y falsas democracias.  

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